
En el lenguaje cotidiano, la respuesta «todo bien» se ha convertido en una suerte de salvoconducto social.
Es la frase que usamos para no incomodar, para encajar y para cumplir con la expectativa de una felicidad permanente que, paradójicamente, nos agota.
Sin darnos cuenta, hemos instaurado una dictadura de la apariencia donde la
vulnerabilidad es vista como una falla del sistema.
Recuerdo a una madre que, con la mejor de las intenciones, le decía a su hijo cada
vez que este caía o se sentía frustrado: «No pasa nada, ponete feliz, que no te vean llorar».
Lo que ella buscaba era protegerlo del dolor; lo que el niño recibía era un
mensaje mucho más complejo: que sus emociones «feas» no tenían lugar en la mesa y que, para ser aceptado, debía vestir siempre una máscara de bienestar.
Esta dinámica se traslada de forma invisible a nuestra vida adulta.
Nos esforzamos tanto por sostener una fachada de plenitud que terminamos desconectándonos de nuestra brújula interna.
La ironía es que, al intentar suprimir la tristeza o el miedo, también anestesiamos nuestra capacidad de sentir una alegría auténtica.
No se puede elegir qué emociones sentir; cuando cerramos la puerta a una, ponemos el cerrojo a todas.
La integridad por encima de la felicidad
La salud emocional no consiste en estar siempre en la cima de la montaña, sino en tener la honestidad de reconocer cuándo estamos en el valle.
Una persona íntegra no es aquella que no sufre, sino aquella que se permite habitar su dolor con la misma dignidad con la que celebra sus éxitos.
Negar lo que sentimos es, en última instancia, una forma de deshonestidad con nosotros mismos.
Cuando nos damos permiso para decir «hoy no puedo» o «esto me duele», estamos rompiendo con esa exigencia de perfección que tanto daño nos hace.
Es en ese reconocimiento de nuestra fragilidad donde aparece la verdadera fortaleza. Porque solo desde la verdad —aunque sea una verdad incómoda— se puede empezar a construir algo sólido.
El bienestar real no es la ausencia de conflicto, sino la coherencia entre lo que
sentimos y lo que mostramos.
Dejemos de pedirle a los demás, y sobre todo a nosotros mismos, que estemos «siempre bien».
La vida tiene una gama de colores mucho más rica y compleja que el brillo constante del éxito.
Al final del día, es preferible ser una persona entera, con sus luces y sus sombras bien integradas, que una versión recortada y brillante que solo existe para el afuera.
La verdadera libertad comienza el día que dejamos de actuar nuestra propia vida
para empezar a vivirla.
Por Sabry Lombardi.



