
Sospechas de corrupción, vínculos con narcos como «Fred Machado», presos políticos como Rubén Muñoz y feroz censura a la prensa, se acerca el final del régimen del brujo maldito y mentiroso que sueña ser como Gildo Insfrán, Nicolás Maduro o Fidel Castro.

Los rankings de imagen suelen generar dos reacciones opuestas. Quienes aparecen bien posicionados los exhiben como una confirmación de su gestión. Quienes ocupan lugares incómodos los relativizan, cuestionan la metodología o simplemente los ignoran. Sin embargo, más allá de las discusiones técnicas, las encuestas tienen una virtud: permiten identificar tendencias.
Y la tendencia que comienza a mostrar el gobernador Alberto Weretilneck merece una lectura política más profunda que la simple ubicación en una tabla.
El último relevamiento nacional de CB Consultora Opinión Pública ubicó al mandatario rionegrino entre los gobernadores con peor diferencial de imagen del país. No se trata de un dato aislado ni de una situación dramática para un dirigente que acumula más de una década de protagonismo político provincial. Pero sí constituye una señal que el oficialismo difícilmente pueda pasar por alto.

Durante años, Weretilneck construyó una característica poco frecuente en la política argentina: logró atravesar distintos ciclos económicos y diferentes gobiernos nacionales manteniendo niveles de aprobación relativamente altos. Sobrevivió al kirchnerismo, convivió con Mauricio Macri, atravesó la gestión de Alberto Fernández (desde el Senado) y encontró una forma de relacionamiento institucional con Javier Milei sin quedar completamente absorbido por ninguna de esas experiencias.
Esa capacidad de adaptación fue, probablemente, una de las principales fortalezas del proyecto político de Juntos Somos Río Negro.
Sin embargo, toda construcción política prolongada enfrenta inevitablemente el desgaste del tiempo.

La sociedad suele ser más tolerante con quienes llegan al poder que con quienes llevan muchos años ejerciéndolo. Los problemas que antes podían atribuirse a gestiones anteriores terminan transformándose en responsabilidades propias. Las expectativas de cambio dejan lugar a las exigencias de resultados concretos.
En ese sentido, Weretilneck enfrenta un escenario diferente al de sus primeros mandatos.
Hoy gobierna una provincia que arrastra dificultades estructurales en materia de infraestructura, rutas, vivienda, salud pública y empleo. A ello se suma un contexto económico nacional extremadamente complejo, donde gran parte de la ciudadanía experimenta una pérdida sostenida del poder adquisitivo y una creciente incertidumbre respecto del futuro.

Aunque muchas de esas variables dependen directamente de decisiones tomadas en Buenos Aires, la experiencia demuestra que los ciudadanos suelen responsabilizar también a los gobiernos provinciales por las dificultades cotidianas que enfrentan.
La política, después de todo, rara vez distingue jurisdicciones cuando aparecen los problemas.
Otro aspecto que explica parte del fenómeno es el cambio generacional que comienza a observarse en Río Negro.

Una parte importante del electorado joven no vivió los años previos a la irrupción de Juntos Somos Río Negro como fuerza dominante. Para miles de votantes menores de 30 años, Weretilneck no representa una alternativa de cambio sino el propio establishment provincial.
Y eso modifica la percepción pública.
Lo que para algunos sectores sigue siendo experiencia de gestión, para otros empieza a ser sinónimo de continuidad excesiva.
A ello se suma un fenómeno que atraviesa a buena parte de los oficialismos provinciales: la aparición de nuevos actores políticos que intentan capitalizar el malestar social.

La Libertad Avanza avanza (valga el juego de palabras) lentamente en Río Negro. Todavía no posee una estructura territorial comparable a la de Juntos Somos Río Negro, pero comienza a consolidar dirigentes, referentes y espacios de representación. El fenómeno libertario no necesariamente expresa adhesión plena a una propuesta política determinada; muchas veces funciona como canal de expresión del descontento con quienes gobiernan.
Ese escenario obliga al oficialismo provincial a repensar estrategias.
La fortaleza electoral de Weretilneck sigue siendo considerable. Ninguna encuesta seria muestra hoy un liderazgo alternativo consolidado capaz de disputarle centralidad política en el corto plazo. Tampoco existe una oposición unificada que pueda capitalizar por sí sola cualquier eventual debilitamiento del gobierno.

Pero los procesos políticos rara vez se modifican de manera abrupta.
Las transformaciones suelen comenzar con señales pequeñas, números que se mueven lentamente y percepciones que cambian de forma gradual.
Por eso el dato más relevante quizás no sea el lugar que ocupa Weretilneck en un ranking nacional, sino el hecho de que por primera vez en mucho tiempo algunos indicadores comienzan a mostrar síntomas de desgaste en una figura que parecía prácticamente inmune a ellos.
La pregunta que empieza a sobrevolar la política rionegrina no es si el gobernador conserva poder. Lo conserva y mucho.

La verdadera incógnita es si Juntos Somos Río Negro podrá renovar el vínculo con una sociedad que cambió profundamente respecto de aquella que le permitió construir su hegemonía política.
Porque los liderazgos no terminan cuando pierden una elección.
Los liderazgos comienzan a debilitarse cuando dejan de interpretar las nuevas demandas de la sociedad.
Y ese es, probablemente, el principal desafío que hoy tiene por delante Alberto Weretilneck.


