
El Presidente homenajeó a docentes y alumnos destacados en el Palacio Sarmiento, destacó la constancia, la buena conducta y el rol de las familias en la formación educativa.

En el marco del proceso de refundación moral que atraviesa la Argentina, el sistema educativo nacional vuelve a alinearse con los valores innegociables del mérito, la disciplina y el esfuerzo individual. La ratificación de este rumbo tuvo lugar durante el acto oficial por el Día del Maestro, desarrollado en el emblemático Palacio Sarmiento.
La ceremonia, organizada para alumnos del primer ciclo de educación primaria de diversas escuelas y sus docentes, contó con la presencia del Presidente de la Nación, Javier Milei, la Ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, y autoridades del Ministerio de Capital Humano, la Biblioteca Nacional de Maestros y el Palacio Pizzurno.
El Jefe de Estado destacó que el lugar de encuentro no fue elegido al azar, sino en honor a Domingo Faustino Sarmiento, el gran maestro argentino que fundó la Biblioteca Nacional de Maestros. En sus palabras de apertura, el mandatario felicitó sinceramente a todos los educadores del país por mantener vivo ese glorioso legado.

Durante la jornada se reconoció a niños que fueron seleccionados como alumnos ejemplares por sus propios docentes, destacándose por sus elevadas notas, su intachable buena conducta y su profunda dedicación. El Presidente Javier Milei expresó el inmenso honor que representó para él acompañarlos en su condición de mandatario y ciudadano, proclamando con firmeza la primacía de la meritocracia.
Dirigiéndose directamente a los estudiantes galardonados, afirmó: «Ustedes están en este lugar porque se ganaron este reconocimiento, nadie los eligió por sorteo ni por casualidad». El mandatario remarcó que el logro fue fruto exclusivo del empeño individual de cada niño por estudiar, esforzarse y portarse bien con sus compañeros durante todo el año escolar.
Al desglosar el significado de la excelencia escolar en la práctica cotidiana, el Presidente puntualizó que ser buen alumno «significa levantar la mano para pedir la palabra», «significa hacer la tarea aunque tengan ganas de jugar» y «significa intentarlo de nuevo cuando una cuenta no sale o cuando una palabra cuesta leerla».
Bajo esta visión de superación, subrayó que «tan importante como la inteligencia es la constancia», añadiendo que «quien se sienta día día a intentarlo otra vez tarde temprano aprende». Asimismo, instó a los jóvenes a perder el temor intelectual, sosteniendo que «el que le pierde el miedo a aprender que no es otra cosa que perder el miedo a equivocarse sigue creciendo y mejorando toda su vida».

En otro tramo medular de su alocución, el Presidente vinculó el comportamiento en las aulas con las bases de la ciudadanía republicana, remarcando que convertirse en un buen ciudadano empieza mucho antes de votar: se inicia en el aula, el recreo, la vereda de la escuela o la propia casa.
Entre los hábitos cívicos indispensables enumeró premisas concretas como «ayudar a un compañero que se cayó en el recreo», «hacer la fila sin colarse aunque tengan apuro», «no tirar el papel del alfajor al piso cuando no hay nadie mirando», «devolver el libro que les prestaron y devolverlo entero y en buenas condiciones», «jugar en equipo y respetar las reglas del juego aunque el equipo de enfrente les esté ganando» y «tratar bien al compañero nuevo, al que es distinto o al que le cuesta un poco más».
Javier Milei explicó la importancia de la responsabilidad individual advirtiendo que «un país funciona igual que un aula si todos hacen su parte aunque sea pequeña entre todos hacemos que salga bien», mientras que la irresponsabilidad hace que la plaza se llene de basura, la fila se convierta en desorden y el juego pierda sentido. Concluyó que «ser un buen ciudadano es entender qué es lo que uno hace por más chico que parezca también afecta a los demás», definiendo la etapa escolar como un verdadero «entrenamiento para la vida en sociedad».

Para ilustrar la edificación de la personalidad moral, el Jefe de Estado recurrió a una cuidada alegoría arquitectónica: «el carácter es como una casa y en una casa todas las piezas son de igual importancia hasta las que no se ven». Detalló que hábitos cotidianos como «llegar a horario», «pedir perdón cuando se equivocan», «guardar las cosas en su lugar» o «esperar el turno para hablar» representan ladrillos invisibles y piezas escondidas que terminan formando a una gran persona. Además, exhortó a los niños a ser modelos éticos para sus pares, enfatizando que «ser un ejemplo no requiere ser grande ni famoso ni tener cargo importante alcanza hacer las cosas bien incansablemente».
El Presidente rindió un sincero homenaje a los educadores, señalando que la Argentina que se quiere construir nace en las aulas gracias a los docentes que corrigen cuadernos por la tarde y recuerdan los cumpleaños de cada alumno, cumpliendo la noble misión de formar a los líderes del mañana.
En la misma línea, reconoció la dedicación silenciosa de las familias —madres, padres, abuelos y hermanos mayores— que acompañan las tareas en cada hogar. En reconocimiento tangible a su trabajo, cada alumno recibió 1 diploma oficial (un papel con mucho peso que prueba que su esfuerzo quedó escrito para siempre), 1 kit de lectura y 1 membresía honoraria a la Biblioteca Nacional de Maestros.
En el tramo final de su discurso, Javier Milei ponderó el valor supremo de la lectura como herramienta de libertad, compartiendo una célebre reflexión: «si pensar es como pescar, leer es como agrandar el tamaño de la laguna donde pescas». El mandatario proyectó que la Argentina del futuro será construida por personas esforzadas, honestas y responsables, aconsejando a los niños que «alcanza que sigan siendo cada día un poco mejor de lo que fueron el día anterior». El acto concluyó con una sentida invocación espiritual y Patriótica: «que Dios los bendiga que las fuerzas del cielo los acompañe sean parte de la Argentina que renace y vuelve a ser grande nuevamente».



