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Reflexiones en Radio El Mundo con Martin Rodríguez Flores: «NECIOS QUE DAÑAN A LOS NIÑOS. TENEMOS QUE LUCHAR»

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La perspectiva de género, originalmente presentada como un enfoque orientado a garantizar la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, terminó desvirtuándose hasta convertirse en una ideología que se impuso dentro de la Justicia argentina por encima de los criterios jurídicos.

En ese proceso, abandonamos prácticas jurídicas fundamentales, como la de verificar el testimonio de una denuncia, para pasar a creer simplemente porque la denunciante es mujer.

Este complejo modelo de justicia alienada que hoy controla los juzgados de familia es el resultado de una formación que opera en todo el sistema de construcción de creencias, desde la educación primaria con su adoctrinamiento ideológico de la ESI, donde se subordina o niega el sexo biológico, hasta las universidades.

Hoy ya tenemos tres camadas de profesionales del derecho y de psicología dogmatizados por la perspectiva de género que anteponen sus prejuicios por encima de los criterios de la ciencia jurídica y clínica que corresponden.

Es una situación temible de la que la opinión pública conoce destellos, cuando suceden hechos trágicos o disputas entre personas célebres, o peor, cuando le toca personalmente.

Por eso, tenemos que estar advertidos que aquellos que se recibieron con esta formación ideológica ahora son jueces, secretarios, fiscales, peritos, equipos técnicos, cuerpos interdisciplinarios, todos mentalmente moldeados para aplicar sus prejuicios en fallos y diagnósticos.

NECIOS, NO SOSPECHAN

A esta altura vale la pena meternos en detalle para entender la gravedad de lo que estamos hablando.

En la práctica, los principios que todos los días se aplican en la justicia de familia dicen que, cuando la denunciante es una mujer que da testimonio contra su pareja o padre de sus hijos, jamás, nunca, puede ser periciada para verificar su veracidad. Su palabra es verdad y dudar de ella es revictimizarla.

En una línea: Las mujeres no mienten, siempre dicen la verdad.

La denuncia o testimonio de una madre son irrefutables. Sus palabras alcanzan para imputar a un hombre, encarcelarlo, prohibir el acercamiento y la comunicación entre él y sus propios hijos, impedir el vínculo con abuelos, tíos, primos, o lo que se determine en función de la declaración de la mujer.

Pero como comprobamos en el tristísimo caso de la muerte de Ángel de 4 años, las mujeres también pueden mentir y ser mortalmente peligrosas.

Estas situaciones que describo se dan todos los días en los juzgados. Eventualmente (esperemos que no) pueden implicarte a vos que estás leyendo este texto, a tus hermanos, a tus sobrinos, a tus seres queridos. Es un tipo de injusticia inigualable, porque no es un error de un juez, sino de la forma en que rediseñó por presión de la ideología de género el sistema jurídico.

ANTIHOMBRES

Esta ideología requiere creer en dos axiomas para funcionar:

1- Las mujeres no mienten

2- Los hombres nunca dicen la verdad.

Para funcionar así, estemos atentos a este punto, los juzgados deben ser influidos por una propaganda antihombres que logró estigmatizarlos siempre como el macho sospechoso, matón, o el patriarca pendenciero. Estas ideas desbordan a la justicia y son expresadas sin pudor en redes sociales como una verdad.

LOS NIÑOS LLORAN, Y NADIE LOS MIRA

Los que sufren más por todo esto (no son los únicos) son miles de niños. Esos niños se expresan como pueden, lloran. Lloran en los tribunales. Lloran en las escuelas. Lloran en los videos que filma una tía. Lloran porque extrañan a su papá o porque no quieren vivir con sus mamás, o porque quieren ver a sus abuelos y no los dejan. Lloran porque el día de su cumpleaños no pueden ver a su papá, que tampoco puede ir a actos escolares, ni mandarle un audio diciendo “te quiero, hijo”. Lloran, aunque no lo saben ni lo entienden, porque la justicia decidió sus vidas con prejuicios.

Es hora de que la opinión pública escuche atentamente las historias reales forjadas en esos juzgados y que no se deje manipular por la propaganda de ideología de género. Hay una epidemia de fallos que crean huérfanos de padres vivos, de fallos basados en falsedades que reescriben biografías enteras destruyendo todo, a los niños, a padres, abuelos, tíos…Fallos que son una guillotína. Por eso escribo esto.

Es hora, en la justicia, que el Consejo de la Magistratura asuma su responsabilidad en el control y sanción del desempeño de los jueces de familia y penales que avanzan con causas que solo tienen la palabra de la denunciante, a la que se niegan a periciar.

Y también es hora de la política, para que los legisladores asuman su responsabilidad frente a la sociedad en la elección y sanción de los jueces.

Señores senadores, si ustedes aprueban los jueces equivocados en nuestro nombre, es muy poco lo que podremos hacer.

Es hora de hablar, porque hablar es luchar.

Por María Fátima Silva.

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